Cómo olvidamos a las mujeres afganas
por Natasha Walter
Hace seis meses, cuando estuve en Afganistán, conocí a un grupo de mujeres de Herat, al oeste del país, que habían ido a Kabul a participar de la gran asamblea política de la Loya Jirga. Nos reunimos en una sofocante tienda en el patio de las oficinas de la Loya Jirga. No olvidaré nunca, mientras viva, la atmósfera de esa tienda. Por primera vez en tantos años estas mujeres creían que romperían con sus terribles experiencias de opresión, y aunque todavía vacilantes, burbujas de optimismo flotaban en el aire.

Una de las voces más optimistas de la tienda era la de una mujer que llamaré Sima Kur. Era una mujer de mediana edad, vestida de verde. Me dijo que Ismail Khan, el señor de la guerra que gobierna Herat, había decretado que las mujeres de su provincia no fueran a la Loya Jirga. Cuando esto fue desestimado por el gobierno central, las mujeres se regocijaron. "Este es el día más feliz para las mujeres en Afganistán", dijo ella. "Estamos aquí y ahora podremos defender nuestros derechos. Las puertas se están abriendo para nosotras".

A pesar de su larga historia de opresión, estas mujeres estaban ansiosas por probar las frutas de la libertad. Sima Kur me dijo que en Herat ninguna mujer se había atrevido aún a quitarse la burka. "Pero todas me dijeron, Sima, cuando llegues a la Loya Jirga, por favor, por nosotras, habla sin tu burka. Haz que vean tu cara".

Aunque nunca apoyé la guerra en Afganistán, cuando escuché a estas mujeres hablar comencé a creer algo bueno podría sobrevenir del terror. Cada vez que pienso y leo acerca de lo que sucede en Afganistán desde entonces, son estas mujeres, especialmente Sima Kur con su espíritu indomable, quienes vienen a mi mente. Se ha vuelto como una piedra de toque de las posibilidades que existen en ese país envuelto en la oscuridad.

Por eso leo el nuevo informe de Human Rights Watch con un sentimiento de horror creciente. El informe documenta la realidad actual de la vida de las mujeres en Herat, y muestra que la esperanza que me transmitieron estas mujeres está siendo traicionada. La vida de las mujeres ha mejorado sin duda en Herat desde que los talibanes se fueron, sobre todo por una razón: se les permite ir a la escuela. Pero, como dice una mujer entrevistada en el informe, "Todo lo demás nos está vedado".

Ismail Khan, el gobernante de Herat, tiene buenas relaciones con las fuerzas militares del área. Cuando Donald Rumsfeld se encontró con él a principios de este año, lo definió como "una persona atrayente". Por supuesto fue su gran aliado en la lucha para quitar a los talibanes esa zona de Afganistán. Pero apoyándolo estamos apoyando otro régimen que repudia a las mujeres.

Es un régimen en el que las mujeres están aún siendo forzadas, contra sus deseos, a cubrirse de la cabeza a los pies cuando salen. Incluso han golpeado a las jóvenes que se quitan los pañuelos en la escuela. Es un régimen en el que a las mujeres no se les permite ir en coche con hombres que no sean sus parientes cercanos, o caminar con ellos por la calle, o incluso hablar con ellos en privado en sus propias casas. Si rompen estas reglas pueden ser arrestadas, llevadas a la delegación policial y forzadas a un examen ginecológico para verificar que no han tenido relaciones sexuales.

Aunque las mujeres pueden ir a la escuela, han sido arrestadas o intimidadas por todo tipo de contravenciones, desde conducir coches a conversar con periodistas o hablar en público sobre los derechos de las mujeres. Se las disuade de tomar cualquier trabajo que no sea la enseñanza, en especial los trabajos que posibilitarían el contacto con extranjeros u hombres. El mes pasado Ismail Khan anunció en la radio que todos los hombres "están obligados a golpear" a las mujeres que caminen por la calle con hombres que no sean sus esposos.

Hoy en día hay una fría tristeza en las palabras de algunas mujeres de Herat. Una es citada en el informe diciendo: "El gobierno de aquí es malo para nosotras. No es muy diferente de los talibanes."

Occidente fue a la guerra con Afganistán sin una clara imagen de cómo quedaría el país luego de remover a los talibanes, y ahora que se publican estas denuncias sobre graves violaciones a los derechos humanos nos lavamos las manos respecto a nuestra responsabilidad. Downing Street tiene un sitio web sobre la guerra titulado "Hechos", donde menciona diez "visiones equivocadas de los medios". Se incluye mi afirmación de hace un año: "Con la prisa de establecer acuerdos con los nuevos gobernantes afganos de facto parece muy probable que se ignoren los intereses de las mujeres". Desearía haberme equivocado.

No hay una respuesta inmediata para esta situación, ya que no hay una alternativa obvia al liderazgo de Ismael Khan en el Oeste de Afganistán. Pero hay una larga y lenta respuesta: que toda la ayuda debe ser condicionada al respeto de los derechos de la mujer, que las organizaciones internacionales deben hacer más presión a los gobernantes locales para que respeten los derechos de las mujeres, y que debe apoyarse mucho más no sólo la salud y la educación de las mujeres, sino también a sus incipientes organizaciones políticas y reivindicativas. Occidente debe dar más dinero y confianza inmediatamente a la Asociación Revolucionaria de las Mujeres de Afganistán, RAWA, la única organización autóctona que defiende igualdad total y un estado secular, y que todavía es ignorada por los gobiernos occidentales.

El hecho de que este informe sobre los abusos de Ismail Khan a los derechos de la mujer haya sido ignorado por comentaristas y periodistas que estaban tan ansiosos de librar una guerra contra Afganistán es otra lección para nosotros. Nos demuestra cuánto va a durar probablemente nuestra preocupación por quienes se vean afectados por nuestra próxima aventura militar. El lapso de atención de los medios de comunicación es tan corto que a pesar de las grandes promesas que nuestros líderes hicieron en su momento, nos encogemos de hombros acerca de nuestra responsabilidad hacia el pueblo de Afganistán. Los abusos a los derechos de la mujer en Afganistán eran noticias de tapa cuando nos preparábamos para la guerra; ahora difícilmente merecen una referencia.

¿Cuánto tiempo le daremos al pueblo iraquí antes de aburrirnos de los informes de que todavía no han obtenido la democracia? ¿Será sólo un año después de una invasión de EE.UU. que algún informe de Human Rights Watch o Amnistía Internacional, documentando los abusos contra los kurdos o los disidentes, será relegado a un par de párrafos en la página 15 de nuestros periódicos, en lugar de ser el tema central de las conferencias del gobierno?

Es de un optimismo indolente expresar que la sangre que se derramará en Irak será fácilmente compensada por el florecimiento de la democracia una vez que se destituya a Saddam Hussein. Pero la conferencia de exiliados iraquíes que tuvo lugar ayer deja más oscuro que nunca el futuro del Irak después de la guerra. Aunque está claro que EE.UU. quiere instalar un gobierno más amigable a sus intereses que el de Saddam Hussein, no está nada claro cuánto se hará para asegurar que ese gobierno sea más confiable para su propio pueblo.

No estoy a favor de la guerra. Pero ya que parece evidente que la habrá, deberíamos hablar claramente de la responsabilidad que tendrá Gran Bretaña, no sólo ante los futuros dueños del poder sino también ante los civiles impotentes. La guerra puede ser el fin del cuento para nosotros, pero para la gente más afectada, la guerra es sólo el comienzo.

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